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Brasileño asistió al sepelio de Hitler en Paraguay

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Brasileño confirma que asistió al sepelio de Hitler en Paraguay

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Brasileño confirma que asistió al sepelio de Hitler en Paraguay
Fernando Nogueira de Araujo admitió al Correo Braziliense que participó de la ceremonia en que el líder nazi habría sido enterrado en Paraguay. Lea además el polémico capítulo del libro «Tras los pasos de Hitler», del argentino Abel Basti, con autorización del autor.
Por Andrés Colmán Gutiérrez y Stefi Céspedes | @andrescolman – @betistef
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«Enterré a Hitler» reza el título de un reportaje publicado en el diario brasileño Correo Braziliense, junto a una fotografía del sargento retirado Fernando Nogueira de Araujo, difundida por primera vez en la prensa.
En el material periodístico, el ex militar admite –a través de un vocero– que, efectivamente, participó de una ceremonia secreta realizada en el año 1973, en algún lugar del Paraguay, en donde el máximo jerarca nazi –que según la historia oficial se suicidó en Berlín, en 1945– habría sido sepultado en un bunker secreto, actualmente oculto en los sótanos de un establecimiento hotelero.
La versión, investigada por el reportero Diego Ponce de León, del prestigioso diario de Brasilia, confirma que el presunto testigo, citado por el escritor y periodista argentino Abel Basti, en su libro «Tras los pasos de Hitler», existe de verdad y actualmente tiene 70 años de edad.
Nogueira de Araujo no quiso dar una entrevista personal, pero aceptó responder a través de su amigo y eventual vocero, el periodista independiente Marcelo Netto, de Sao Paulo, el mismo que le cedió el dato a Basti, para que lo incluya en su polémico libro.

Un informe del FBI sobre un testigo que dice haber saludado a Hitler en Argentina. Foto: Gentileza
La visita al Paraguay
Según sostiene Abel Basti en «Los pasos de Hitler», Fernando Nogueira de Araujo era sargento activo en el año 1973 y tenía 29 años de edad cuando recibió una invitación especial de su amigo Haroldo Ernest, hijo de un líder nazi brasileño, para viajar durante algunos días al Paraguay, con pasajes y estadías completamente pagados.
«Fernando cuenta que fue el único representante brasileño invitado a participar de ese evento increíble al que habrían asistido cerca de cuarenta personas seleccionadas, en su mayoría ancianos que habían conocido a Hitler», destaca Basti en el libro.
Nogueira de Araujo viajó al Paraguay con esposa, según el relato, aunque ella no pudo asistir a la ceremonia, porque las mujeres tenían vedado el acceso.
«Ya en el lugar, acreditadas sus identidades, fueron reunidos los cerca de cuarenta invitados –tal como se dijo, Fernando era el único brasilero– y ellos descendieron, en un ascensor, hasta los niveles más bajos del búnker. Allí había una puerta con una escalera que llevaba a una cripta, donde estaba ubicado el féretro de Hitler», sigue el relato.
«Cuando todo el grupo estuvo reunido, se anunció que se procedería al cierre de la entrada a la cripta, y una de las personas que se encontraban presente tomó un balde con cemento y una cuchara de albañil. Entonces, comenzó a pegar ladrillos para cerrar la estrecha entrada a la cripta del Führer, construyendo una pared que bloqueó el acceso al ataúd que guarda los despojos mortales de Hitler. Tras realizarse ese trabajo, con los honores de rigor, concluyó la ceremonia y los invitados ascendieron», concluye Basti.

Una carta oficial enviada a nombre de Hitler a una mujer residente en Paraguay, en 1931. Foto: Gentileza
La confirmación del sargento brasileño
Ante lo fantasioso que sonaba la versión, el reportero Diego Ponce de León, del Correo Braziliense, buscó confirmar si al menos el tal sargento Fernando Nogueira de Araujo existe en la realidad.
No solo lo encontró, sino que Nogueira de Araujo le hizo llegar una fotografía suya actual, a los 70 años de edad, la primera que se da a conocer en la prensa.
«Como en el libro, Fernando prefirió dar las debidas declaraciones por medio del mismo periodista Marcelo Netto (el que también entregó los primeros datos sobre el tema a Abel Basti), que pasó, de cierta forma, a representarlo. Eso porque Netto trabaja desde 2007 en busca de la publicación de los resultados de la investigación sobre la presencia nazi en el Brasil, y Fernando es una pieza fundamental en las investigaciones de Netto», afirma Ponce de León, en un reportaje de una página publicado el último 6 de marzo, en el Correo Braziliense.
En el material periodístico, a través de Netto, el ex sargento Nogueira de Araujo le confirma plenamente al periodista brasileño que sí estuvo en Paraguay, en 1973, en la supuesta ceremonia de sepelio del líder nazi Adolfo Hitler.
«Cuando él (Fernando) fue invitado para participar de la ceremonia, no sabía de qué se trataba. Imaginaba apenas que iría encontrar a su amigo Haroldo (Ernest)», afirmó Netto, transmitiendo la versión del ex militar.
«La certeza de que era Hitler empezó a tomar forma durante la propia ceremonia», destaca la versión entregada al periodista.
En la ceremonia, que supuestamente ocurrió en un búnker, en los fondos de un terreno donde se construyó un hotel alemán, en un lugar no precisado del Paraguay, todos daban por hecho de que era el cadáver de Hitler.
«Cualquier duda fue disipada cuando él (el sargento Nogueira de Araujo) retornó al Brasil y encontró a otras dos personas, entre las 40 que habían participado del evento», asegura Netto, en la versión dada al Correo Braziliense.
Tanto Nogueira de Araujo, como Netto y Basti, se niegan a dar mayores precisiones sobre el lugar donde se encontraría la cripta, como el nombre del supuesto hotel alemán y su localización exacta.
¿Realidad o fantasía? Ante la ausencia de evidencias más concretas, las dudas continuarán. Pero, al menos, el testimonio indirecto del ex sargento brasileño constituye un elemento más, que permite reinstalar con mayor fuerza la versión ya instaurada anteriormente por otros autores, como el historiador paraguayo Mariano Llano, quien en la primera edición de su libro «Hitler y los nazis en el Paraguay», editado en 2004, ya sostuvo que Hitler murió en Paraguay, tema que ahora vuelve a cobrar resonancia mundial.
* * *

Portada del libro «Tras los pasos de Hitler», de Abel Basti. Foto: Gentileza
Anexo: Hitler en Paraguay, por Abel Basti
(Lean a continuación parte del capítulo XVI, Hitler en Paraguay, del libro «Tras los pasos de Hitler», del escritor argentino Abel Basti. Reproducción realizada con autorización del autor)
Con la caída de Juan Domingo Perón en 1955, varios nazis prefirieron dejar Argentina y optaron por irse a vivir en Paraguay. El mismo Perón, ante la sublevación que lo derrocó, optó por huir al exilio en un barco de guerra paraguayo con rumbo a Asunción, la capital de ese país limítrofe (luego continuaría camino a Centroamérica y finalmente a España).
Para ese entonces, Paraguay y Chile eran los países más seguros para los nazis en el continente sudamericano. Stroessner mantuvo estrechas relaciones con Estados Unidos y recibía créditos y ayuda militar norteamericana por su política anticomunista. Pero, a pesar de esa ayuda, se caracterizó por no permitir que los estadounidenses tuvieran una ingerencia directa en su gobierno. No era un aliado dúctil y por esta razón, en 1989, la CIA orquestó un golpe de estado que lo destituyó. Ahora bien, se sabe que Stroessner dio cobijo a nazis de importancia como Martin Bormann, Hans Rudel, Otto Skorzeny, Eduard Roschmann y al doctor Joseph Mengele, entre otros fugitivos. Pero ¿es posible que el mismo Führer haya estado residiendo en el Paraguay gobernado por el dictador Stroessner?
La investigación de Rainer Tilch
El periodista germano-paraguayo Rainer Tilch es la persona que más sabe sobre la vida de Hitler en Paraguay. Establecí relación con él hace varios años, lapso durante el cual intercambiamos información para esclarecer detalles de la presencia de jefe nazi en Sudamérica. Los argumentos de Tilch para sostener que Hitler vivió en Paraguay, se basan en los testimonios del profesor Karl Bauer, un viejo científico alemán que falleció en 1995; Hermann Rademacher, germano que residía en Caacupé, asesinado hacía el 2001 en el Chaco; y Helmut Janz, un menonita, funcionario de la embajada germana y director del periódico «Neues für Alle», fallecido en el 2007. También en una entrevista realizada al profesor de historia Mariano Llano, quien escribió su propio libro sobre la vida de Hitler en Paraguay.
Tilch, en 1990, recibió información del profesor y ornitólogo Karl Bauer, residente de Ytú, Caacupé. Bauer –quien realizó investigaciones de tipo arqueológico y antropológico en Paraguay– le dijo a Tilch que él conocía la historia de Hitler, especialmente por los alemanes de la región de Altos y, particularmente, porque uno de ellos le había revelado que había estado personalmente con el jefe nazi. Tilch recordó que «una noche estuvimos discutiendo de asuntos militares de la Segunda Guerra Mundial cuando él (Bauer), de repente, me dijo que todos los cuentos alrededor del suicidio de Hitler eran falsos».
Bauer le dijo a Tilch que Hitler «tenía, como todo gobernante, los últimos medios disponibles para escapar e hizo uso de ellos. Huyó a la Argentina y más tarde vino al Paraguay». Como Tilch le respondió que no creía en esa versión, Bauer, con énfasis, le indicó: «si no me quieres creer te voy a presentar a algunos viejos alemanes de la zona de Altos, que saben mucho más que yo del tema. Incluso a uno que conocía personalmente al Führer. Vení un día domingo y me voy contigo a Altos».
Lamentablemente ese viaje nunca se realizó porque Tilch no creía que Hitler hubiera sobrevivido a la guerra, claro que ahora que cuenta con más datos, deplora no haber coordinado con Bauer un viaje para visitar al alemán que aseguraba haber estado con el líder nazi en Paraguay.
El otro testimonio que encontró Tilch fue el de un alemán, Hermann Rademacher, quien le dio precisiones sobre Hitler en Paraguay, animándose a contarle esa información después de que Stroessner fuera derrocado en 1989. Por esos años, Rademacher vivía en Caacupé, capital del departamento de Cordillera, a unos 50 km al este de Asunción. Tenía 55 años y estaba casado con una paraguaya, profesora de escuela, con la que tenía dos hijos.
«Un día me fui a la oficina de correo en el centro, en la plaza detrás de la iglesia. Era un lugar muy frecuentado por los alemanes porque no había todavía correo electrónico y muchos recibían sus diarios por el correo. Allí encontré ocasionalmente al señor Rademacher y como era un día caluroso y yo tenía sed le invité a tomar una cervecita en el bar de al lado, el «Harpa-Bar», también muy frecuentado por los alemanes. Tomábamos juntos una o dos o tres cervezas, hablando de nuestra vida, de las experiencias en el país, de la política internacional, de la reciente caída de Stroessner, que todos los alemanes lamentaban, y de la nueva «democracia» que no prometía tantas buenas cosas», recordó Tilch.
En ese momento, «el señor Rademacher me dijo que Stroessner había sido siempre muy bueno con los alemanes y que había protegido a muchos buenos compatriotas que tenían que huir de Europa al final de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos el famoso Dr. Mengele, a Martín Bormann y, lo que sabían muy pocos, al propio Hitler y su esposa también.
Tilch, en esa época –tal como se explicó– no creía en la historia de un Hitler vivo en Paraguay y, al escuchar el relato, pensó que el hombre repetía lo que posiblemente habría escuchado del profesor Bauer, citado anteriormente.
Entonces le preguntó cuál era la fuente de esa información y Rademacher le contestó: «Tengo una pequeña agencia inmobiliaria, vendo granjas y quintas a extranjeros y administro sus propiedades en su ausencia. Así que tengo muchos contactos en esta linda zona y hacia el lago Ypacaraí. Conozco a algunos alemanes, viejos pobladores de la zona, que me aseguraron que Hitler vivía aquí en Cordillera, cerca de Caacupé, que él tenía sus amistades con algunas familias alemanas de la zona», aseguró.
Tilch me explicó que por esos años «yo era muy incrédulo, no le creía nada (a Rademacher) pero no le quería ofender, así que preferí hablar de otras cosas, después me despedí y me fui a mi casa. Ahora lo lamento mucho porque el señor Rademacher ya no vive más». Rademacher, quien en los últimos años tenía un parador en la Ruta Transchaco, murió asesinado por una persona alcoholizada que le disparó a quemarropa.
El otro testimonio calificado que encontró Tilch fue el ex diplomático Helmuth Janz, quien cumplió funciones como secretario en la embajada germana en Paraguay, entre 1967 y 1972. Janz había nacido en 1943 en Siberia, era menonita –miembro de la Iglesia Hermanos Menonitas– y se había desempeñado como secretario particular de los embajadores Dr. Hubert Krier y Hanns Becker von Sothen.
Janz era director del periódico «Neues für Alle» y contrató a Tilch en el 1995 para que escribiera en ese medio de prensa.
Janz le contó a Tilch detalles de sus funciones en la embajada germana en Asunción, además le confesó que, en los años sesenta, debía visitar regularmente a varios nazis ancianos que vivían en Paraguay para entregarles dinero que llegaba para ellos desde Alemania. Se trataba de las «pensiones de guerra» no oficiales, ya que esas personas, posiblemente debido a sus acciones del pasado, no podían figurar como jubilados en los listados públicos del gobierno alemán, aunque igual cobraban discretamente sus haberes de retiro que se pagaban con fondos reservados.
Si bien Janz conocía la verdadera identidad de esos hombres, no sabía quién era uno de ellos, ya que en ese caso dicha misteriosa persona estaba protegida por el grado de «Confidencialidad 3», esto es, el máximo resguardo de datos personales, de acuerdo al código secreto que manejaba en aquellos tiempos la diplomacia germana, según explicó el diplomático. Esto significaba que solo el embajador sabía quién era realmente ese personaje que, en forma encubierta, cobraba sus haberes jubilatorios. Se trataba de un hombre de baja estatura, que padecía cáncer de próstata y estaba en estado terminal. Según el relato de Janz, el hombre vivía en un departamento de Asunción, estaba permanentemente en la cama y se levantaba solamente para ir al baño. Cuando murió, en 1971, la embajada se encargó de su entierro y luego se quemó toda la documentación perteneciente a él, de acuerdo al relato de Janz.
Cuando Tilch escuchaba una y otra vez el relato de boca del propio Janz, decidió mostrarle fotos de Bormann y el ex diplomático le contestó: «Sin dudas se trataba de él, pero estaba ya envejecido y muy destruido en ese momento». Janz aseguró una y otra vez que, en ese entonces, él no sabía que se trataba del jerarca nazi.
Bormann había llegado a Paraguay en el año 1956, viviendo durante un par de años en una propiedad de Alban Drug, en Hohenauen la zona de Alto Paraná. Durante los años 1958-1959 fue asistido, debido a su mal estado de salud, por el doctor Joseph Mengele, prófugo de la justicia que también se había radicado en tierra paraguaya. Cuando fallecía alguno de los veteranos alemanes, que cobraban estas pensiones en Paraguay, Janz tenía la función de recolectar todos los registros y documentos de dicha persona –obrantes en la embajada germana en Asunción– para enviarlos, como «caso cerrado», a Alemania. Pero en el asunto de Bormann, se lo excluyó a él de esa tarea y en secreto se ocupó personalmente de esos trámites el embajador alemán Hanns Becker Sothen, quien había asumido el cargo en 1970.
Al año siguiente de su muerte en Paraguay, que habría ocurrido en 1971, el cadáver de Bormann «apareció» en Berlín y la justicia dictaminó que había muerto en 1945. Al parecer, en un primer momento, su cadáver fue enterrado en un cementerio paraguayo, y luego fue exhumado para trasladarlo en forma secreta a Alemania, donde se montó la parodia del «descubrimiento» del esqueleto. Matar «por decreto» a Bormann en 1945, lo que se ha visto facilitado por la maniobra antes indicada, permite esconder rastros sobre sucesos –que involucran a empresarios, militares y funcionarios con el alto jerarca nazi–ocurridos después de la guerra. Una obscura trama de complicidades e intereses espurios que, si Bormann murió en 1945, nunca pueden haber ocurrido.
En el club alemán
Respecto al Führer, Janz le dijo a Tilch que conoció a un alemán que estaba seguro de haber visto a Hitler y Eva Braun en la gran fiesta anual de la Asociación Alemana de Tiro Deportivo de Altos («Verein Patria») realizada en 1968.
Durante esos años, Janz gozaba de una jerarquía importante, ya que se desempeñaba como secretario privado del embajador Hubert Krier. Todos los años, el club mencionado realizaba una celebración, que incluía un concurso de tiro, del cual participaban veteranos de guerra nazis. Los asistentes se saludaban con un ¡Heil Hitler! y el brazo derecho en alto y la mano extendida, como en los viejos tiempos.
En aquella oportunidad, Janz se puso a tomar cerveza con un compatriota y, hablando de política, le dijo a su interlocutor que no le había gustado que Hitler se suicidara como un cobarde, pegándose un tiro en la cabeza. Pero su interlocutor le contestó que eso no era verdad, ya que Hitler se había escapado y había vivido en Paraguay. Janz le dijo que no creía en esa historia y el hombre le replicó que no solo él, sino que otras personas disponían de la misma información, esto es detalle de la vida de Hitler en Sudamérica. También le aseguró que en una de las fiestas del Club Deportivo de Altos, a fines de los años sesenta, Hitler llegó acompañado de una familia alemana y de una mujer rubia de unos cincuenta años.
Él vestía un traje con corbata y ella lucía un trajecito gris. El testigo reconoció inmediatamente a Hitler, a pesar de que tenía el pelo cortado muy corto y estaba sin bigote. Según contó el interlocutor de Janz, Hitler –cuando llegó a la fiesta no todos sabía que se trataba del Führer– fue saludado por los viejos nazis militarmente y luego él saludó uno por uno a sus viejos camaradas, estrechándoles la mano en silencio.
De acuerdo con ese relato, Hitler estuvo poco tiempo en el club, saludó, charló un poco con algunas personas ancianas, comió algún bocadito y se retiró del lugar acompañado por las mismas personas con las que había llegado. Al irse, el rumor –consistente en la increíble novedad de que el anciano que había estado allí minutos antes era Hitler– corrió como un reguero de pólvora entre los presentes.
En los últimos tiempos, Tilch pudo acceder a nuevas informaciones relacionadas con el estado de salud y el aspecto físico del líder nazi, merced a entrevistas realizadas a un anciano comisario; a Francisca Acosta, mucama del general Emilio Díaz de Vivar y a Carmen von Schmeling, una vecina de la localidad de Areguá. Esta última es hija del alemán Hans Hugo von Schmeling y de la paraguaya Carmen Esther Caballero.
Al momento de ser escrito este libro (2012), ella tiene 85 años y vive con su esposo Arnaldo Bareiro en una casa ubicada al lado de la quinta Díaz de Vivar, en Areguá.
Según Tilch, la madre de la mujer era «buenísima amiga» del militar e inclusive se rumoreaba que ella –y más tarde también doña Carmen– fueron amantes de Emilio Díaz de Vivar, aunque siempre lo negó.
De acuerdo al testimonio dado por la señora Carmen (hija), Hitler visitó la quinta del citado general paraguayo al menos en una oportunidad. El Führer «llegó en un coche oficial del gobierno con escolta militar. Vestía una campera y boina como la que usaban los paracaidistas. Pero la custodia militar no permitió que la gente se acercara y por esta razón se lo vio solamente desde cierta distancia», aseguró Carmen.
La mucama, Francisca Acosta, se acuerda perfectamente de esta circunstancia y da fe de que el líder nazi y Díaz de Vivar se reunieron en el parque de la mencionada quinta donde mantuvieron un extenso diálogo. De acuerdo con el testimonio del comisario entrevistado por Tilch, cuya identidad se mantuvo en reserva, al parecer la policía paraguaya tenía documentación de todos los refugiados alemanes en el Paraguay, incluyendo la de Hitler, guardada en el sótano del Ministerio de Interior.
Cuando ocurrió el golpe militar contra Stroessner, en 1989, se escondió toda esa documentación y gran parte apareció años después en la comisaría de la localidad de Lambaré.
Como se dijo, Tilch entrevistó a un comisario anciano y también a otro policía que fue custodio personal de Stroessner. Ambos le confirmaron tener datos sobre la presencia del jefe nazi en Paraguay. El comisario contó que vio a Hitler en una reunión de alemanes y militares realizada en la localidad de Villa Elisa, en la casa de una pareja alemana. En alusión al matrimonio anfitrión, que recibió en su vivienda al jefe nazi, «la señora era una conocida escritora, Erika Zum Buttel, aparentemente una buena amiga de Hitler y su esposa», contó Tilch al aludir al relato del jefe policial.
De acuerdo a la opinión de Tilch, en Paraguay «los más altos nazis nunca compraron casas, vivían en propiedades alquiladas o en casas prestadas por amigos. Muchos cobraron pensiones de Alemania como ex funcionarios de estado. La mayoría llegaron solteros y algunos de ellos se juntaron con mujeres paraguayas», con quienes tuvieron hijos. Respecto al estado de salud del Führer, en general, bueno, excepto los achaques propios de la edad, y a la fisonomía –sin bigote y casi pelado–, las informaciones obtenidas por Tilch son coincidentes con las descripciones obtenidas por mí en Argentina
Mariano Llano
Por casarse con su hija María Teresa, el profesor de historia y abogado Mariano Llano tuvo como suegro al fallecido general Emilio Díaz de Vivar –quien se desempeñara como Comandante en jefe del ejército, a partir de 1950–, y luego también como embajador paraguayo en la España del dictador Francisco Franco.
A partir de su relación familiar con el mencionado militar, Llano -quien vivió un tiempo en Argentina trabajando como letrado en Buenos Aires y La Plata-, obtuvo la información de que Hitler había estado en territorio paraguayo.
En el 2004, Llano publicó esos datos en la primera edición del libro «Hitler y los nazis en Paraguay», de tirada limitada, editado en Asunción. El autor se basó en las entrevistas que tuvo con el ex intendente de Asunción, Agustín Ávila, las charlas mantenidas con su suegro Díaz de Vivar, y la información suministrada por el señor Manuel Bernárdez, director del diario La Mañana de esa ciudad.
De acuerdo al historiador, luego de que cayó derrocado el gobierno de Perón, Hitler entró a territorio paraguayo, por el sur de ese país, desde la ciudad argentina de Posadas llegando al pueblo paraguayo de Encarnación, cruzando el río Paraná, para luego internarse en el Departamento de Itapúa. Hitler inicialmente se habría quedado algún tiempo en la casa de Alban Krug, un nazi fanático, comerciante de la colonia alemana Hohenau, ubicada en Itapúa.
Tal como ocurre en Argentina, al intentar reconstruir la historia de Hitler de posguerra, en Paraguay encontramos testigos de determinadas situaciones y relatos separados de diferentes sucesos protagonizados por el Führer. Son piezas halladas durante la investigación que pretende armar un gigantesco rompecabezas para reconstruir la vida del jefe nazi en el exilio.
Uno de esos relatos, compilado por Llano, está relacionado a un encuentro entre Díaz de Vivar y Hitler. El general citado tenía una quinta en la zona de Areguá, donde se radicaron una gran cantidad de familias alemanas desde fines del siglo XIX, muy cerca del bello lago Ypacaraí. De acuerdo al relato de Llano, una mujer de la familia von Schemeling fue quien le presentó a Hitler a Díaz de Vivar, en esa propiedad del militar paraguayo, en el año 1961.
Esa mujer –Llano no da a conocer su nombre–, en realidad, es la citada Carmen, quien fuera entrevistada por Tilch, tal como se vio antes. Una testigo de esa reunión habría sido una mucama, citada como «Kika» en el relato de Llano, quien habría atendido a los dos hombres durante la larga charla que ambos mantuvieron ese día. (El apodo «Kika» corresponder a Francisca Acosta, según el relato anterior de Tilch)
¿Era viable que el Führer viajara hasta ese lugar descampado para reunirse con el poderoso militar paraguayo, para conocerlo y mantener una charla de horas? Para el profesor Llano esto no presentaba mayores problemas, ya que «habría sido posible que el Servicio de Inteligencia del general Stroessner, con experiencia de 35 años –sumado al asesoramiento de la policía argentina de la época del dominio del general Perón, de 1945 a 1955– permitiese al hombre mejor resguardado del mundo exponerse a una visita informal». Parece que ese encuentro, debido a algunas miradas indiscretas, habría trascendido ya que «se comentaba en la zona del lago Ypacaraí, de gran influencia alemana, que Hitler había hablado con el general Díaz de Vivar».
Un dato curioso: al momento de escribirse este libro, el Hotel del Lago –ubicado en la zona antes mencionada– es promocionado turísticamente por haber dado alojamiento a los germanos fugitivos. «Experimentar el legado nazi en América del Sur cuesta apenas unos USD 40, tasa que sale pasar una noche en la mejor habitación del Hotel del Lago, fundado en 1888 en las orillas del Lago Ypacaraí, en la pequeña ciudad de San Bernardino», dice el anuncio ubicado en el sitio web www.viajeros.com
La confirmación de Stroessner
Llano, en el 2011, reveló que la presencia de Hitler en Paraguay a él mismo le fue ratificada por el presidente Alfredo Stroesnner, a quien conocía personalmente. Al respecto, el profesor de historia asegura que llamó por teléfono a Stroessner –que estaba viviendo en Brasilia– con motivo del aniversario del natalicio del dictador y que aprovechó esa oportunidad para lanzarle la pregunta decisiva. Llano describió así esa llamada: «Llamé a él (al general Stroessner) el 3 de noviembre de 1994, día de su cumpleaños, para felicitarlo. Y cuando le pregunté si él le había dado a Hitler su protección, me dijo:
«Nosotros los paraguayos somos muy humanos… Gervasio Artigas, el magnate uruguayo que fue perseguido por vecinos poderosos, recibió nuestra protección… ¿Por qué no Hitler?, un ejército derrotado, perseguido por todo el mundo… Mi amigo, el general Perón, el estadista sin par argentino, me hizo una pregunta… Por supuesto, yo acepté…»
En el 2011, Llano hizo una conferencia para presentar la segunda edición de su libro «Hitler y los nazis en Paraguay». Cuando él terminó de realizar la presentación, un espectador pidió la palabra y aseguró que un amigo suyo había conocido a Hitler en Paraguay. «Conozco a Julio Heinechen, un alemán que vive en San Bernardino. Él es un fabricante de mermeladas y productos de confitería. Me dijo que había visto a Hitler en San Bernardino, más de una vez. Yo lo conozco personalmente a don Julio y tengo su número de teléfono. Mi sobrino está casado con una sobrina de él. También tenemos amigos en común», dijo el hombre que sorprendió a todos los presentes con esta revelación.
Con esa información, mi equipo de colaboradores se comunicó con Heinechen telefónicamente para realizar una entrevista en su casa. Por teléfono, el hombre ratificó que él había conocido a Hitler y acordó ser reporteado. Pero, al día siguiente, cuando se lo intentó entrevistar, se echó atrás y no quiso brindar su testimonio ante las cámaras.
Por otra parte, Heinechen informalmente también admitió haber conocido a Mengele, criminal nazi y luego médico de cabecera de «Alfredito» Stroessner, el hijo del dictador, quien padeció problemas por abuso de alcohol e ingesta de drogas, siendo atendido por estos inconvenientes por el fugitivo doctor alemán.
Pedro Cáceres
Después de la primera edición de su libro sobre Hitler en Paraguay, Llano recibió el llamado de Pedro Mariano Llano Cáceres quien le aseguró que había conocido a Hitler y Eva Braun. Respecto a Pedro Cáceres el relato de Mariano Llano es el siguiente:
«Cuando llegué al lugar indicado (por Cáceres) -una magnífica casa con dos pisos y cochera para dos vehículos, situado en una zona de moda en las cercanías del río Paraguay- me recibió el hijo (de Cáceres), un ingeniero llamado Romy. El señor Cáceres estaba sentado en la sala de estar, era un hombre de unos setenta años, y me dijo lo siguiente: -Tenía 17 años cuando fui reclutado para el servicio militar obligatorio. Un día se me asignó el Ministerio del Interior, ubicado en las calles Estrella y Montevideo, en el centro de Asunción. Precisamente al mediodía yo estaba en la planta baja, junto a las escaleras y debajo de la primera planta, donde se encontraba el Doctor Edgar L. Insfrán -que había sido desde su juventud un miembro de la Liga Nazi- un hombre fuerte al lado del general Alfredo Stroessner, quien reinó desde 1954 hasta 1989, un total de 34 años, el país».
«El hombre nos señaló con el dedo a nosotros: «Usted, y Usted…, conmigo, ahora», nos ordenó. Tres de nosotros, que estábamos armados, fuimos seleccionados. Nos metimos en un Mercedes-Benz, dos soldados en el asiento trasero y uno en la parte delantera al lado del ministro. Tomamos la carretera 2 en San Lorenzo, Capiatá, Itauguá, Ypacaraí, Caacupé y Coronel Oviedo, Caaguazú, en dirección al este. Luego nos dirigimos por carreteras sin pavimentar. La gente del Ministerio de Obras Públicas había construido sólo el camino a la ciudad de Ciudad Nueva, que se encontraba en las orillas del río Paraná, frente a Foz de Iguazú (Brasil)».
«Después de 20 kilómetros entramos en un camino de tierra roja, y llegamos a un callejón sin salida, que terminaba frente a una gran puerta de madera rodeada de alambre de púas. Hubo un gran movimiento de camiones y soldados. El edificio principal estaba en una colina, rodeada de árboles frondosos. La casa había sido construida en estilo español, con amplios corredores y una chimenea en el techo. Insfrán estacionó a diez metros de la entrada y entró por la puerta principal a la casa. Después de dos horas, regresó acompañado por un hombre mayor, que caminaba muy doblado. Miré al hombre, traté de disimular mi emoción y me dije en voz baja a mi mismo, Es Hitler… es Hitler…» Se despidieron con un apretón de manos, a Hitler lo acompañaba una mujer rubia. Entonces volvimos a Asunción… Era el año 1960…Nunca se lo había contado a nadie. Stroessner gobernó, con Insfrán, casi treinta años más, con mano de hierro. Guardé un silencio absoluto hasta ahora».
Dardo Castelluccio
Dardo Castelluccio nació en 1966, hijo de un fascista italiano es el neo-nazi más conocido de Paraguay. Fue funcionario público y actualmente administra una antigua librería especializada en historia americana y en particular de Paraguay.
Este hombre explicó que había realizado el servicio militar en la policía junto a Carlos Schreiber, quien luego sería subjefe de esa fuerza. Casteluccio se vinculó a militares y políticos de derecha y tuvo acceso a documentos importantes -especialmente los pertenecientes al ministerio del Interior, la policía y al ejército. Al ser entrevistado para esta investigación aseguró que vio varios documentos relacionados a la presencia de Hitler en Paraguay.
Respecto a testimonios, el hombre dijo que recibió información sobre la presencia de Hitler de parte los ministros Montanaro e Insfrán, este último citado anteriormente por el testigo Pedro Cáceres.
«Personas muy importantes, como los ministros, han hablado conmigo sobre ello. Por ejemplo, el Dr. Insfrán y el ministro del Interior Montanaro. Estas personas me han confirmado personalmente, que Hitler estaba aquí (en Paraguay)», aseguró.
«Insfrán conocía a mi padre y yo lo conocí cuando tenía 15 años de edad. Y en una de las conversaciones que tuve con el ministro del Interior Insfrán, me dijo que Hitler estaba en el Paraguay. Pero entonces yo no estaba tan interesado (en esa historia)», reconoció Castelluccio. También dijo que disponía de esa misma información, sobre la presencia de Hitler, «el Comisario Schreiber» así como otros agentes de la policía paraguaya.
«Especialmente de Martin Bormann, pude ver durante un tiempo con la policía varios documentos que acreditan que ha vivido en Paraguay y que fue enterrado en el cementerio de Itá (cerca de Asunción). Hay documentos en los archivos policiales y de información sobre dónde fue enterrado», afirmó. Para Casteluccio, así como para varios investigadores, el esqueleto de Bormann, o parte de él como su calavera, fue trasladado de Paraguay a Berlín, donde fue «encontrado» en 1972, para abonar así la teoría de que había muerto en 1945.
La vinculación Córdoba-Asunción
Los Weiler son una de las familias alemanas más antiguas que se radicaron en Paraguay. Tienen varias propiedades, entre otras el famoso Hotel Cecilia en Asunción. En enero del 2011 yo había recibido la carta de un lector con el siguiente texto:
«Estimado Sr. Basti,
Quiero hablarle de una experiencia personal. El mes pasado estuve por razones profesionales en Asunción, Paraguay. Tuve, debido a las condiciones caóticas de la carretera, que pasar inesperadamente otra noche en un hotel ya que, por esas circunstancias, no podía volver a Buenos Aires. Fui al Gran Hotel del Paraguay, de la familia Weiler. Allí, me dijeron que el dictador Stroessner era un cliente regular de ese hotel y que la familia (Weiler) tenía una buena relación con él. Cuando más tarde hablé con la Sra. Weiler, ella me dijo que había una escuela pequeña, en La Falda, Córdoba, levantada a instancias de Mertig (un financista nazi que vivía en Buenos Aires). Éste (Mertig) fue un muy buen amigo de la familia Eichhorn, dueños de Hotel Edén, quien iba al hotel (de Paraguay) todas las semanas. A la misma escuela fueron también las hijas del señor Lahusen. La familia Weiler tiene una casa en Hurlingham, Buenos Aires. Junto con los Eichhorn, ellos deben saber mucho más. Ella (La sra. Weiler) me dijo: -La familia Eichhorn tenía una muy buena relación con Hitler-. Además, incluso él (Hitler) los ha visitado una vez. Debe haber toda una red de familias informadas en los puestos importantes en la actualidad, y debe haber muchas familias alemanas que puede conocer esto. Tal vez vale la pena entrevistar a la señora Weiler. Yo tengo a la impresión de que ella no tiene ningún problema para hablar abiertamente sobre el pasado. Saludos, F. P.»
La carta del profesor alemán -quien por temor pidió que no se revelara su identidad- me resultó reveladora sobre las relaciones cruzadas de los Weiler con los Eichhorn, y con el empresario pronazi Mertig, y se convirtió en una nueva pista. Durante la investigación realizada para este libro confirmé que Hilda Weiler, la dueña del Gran Hotel Paraguay, en sus años de juventud, estuvo como aprendiz de hotelería en el Hotel El Edén de Córdoba.
Allí se afianzó una relación entre el matrimonio Eichhorn -financistas y amigos personales de Hitler- y los Weiler. Los Eicchorn fueron quienes inicialmente le confirmaron a los Weiler que el Führer había estado en Córdoba, en 1949, tal como se describió en un capítulo precedente. Además, Hilda Weiler recordó que una maestra suya, la señora Anneliese Brunner, también le había revelado que Hitler había estado en Córdoba después de la guerra.
El señor Paredes -amigo de la familia Weiler- confirmó que en el Gran Hotel del Paraguay, propiedad de los Weiler, estuvieron varias veces Martin Bormann, Hans Ulrich Rudel y Otto Skorzeny. Y que el famoso piloto Rudel fue un invitado regular de dicho establecimiento hotelero.
También encontré un dato importante que revela que Hitler mantenía comunicación personal con gente de Paraguay ya desde antes de la guerra. Esto queda demostrado al menos en el caso de la señora Felicia V. de Haseitel quien residía en la calle Francisco Franco 23 de Asunción. En tal sentido, pude accedar a una carta redactada por el Führer que él enviara a esta persona el 14 de enero de 1939.
La misiva es una escueta respuesta negativa a la mujer citada, al parecer ante un requerimiento o propuesta que ella le había expresado a Hitler en cartas anteriores, cuyos textos desconocemos.
Debe decirse que en Paraguay todas estas informaciones son moneda corriente -en su momento fueron un secreto a voces-, pero hoy se puede acceder a ellas, en ciertos círculos, con cierta facilidad y la gente las comenta con naturalidad, y sin ningún signo de inquietud o preocupación por dar a conocer esos datos tan significativos, que contradicen la historia oficial. Siempre los paraguayos supieron que su país recibió a nazis de jerarquía y quizás se discuten detalles de la vida de los mismos en esa nación, pero no se niegan estas historias, incluyendo la presencia de Hitler en esa nación.
La muerte de Hitler
Finalmente, el lector se preguntará ¿cuándo murió Hitler? y ¿qué pasó con su cadáver?
Son preguntas lógicas si, después de toda la información aportada por este libro, aparece como una posibilidad segura el hecho de que el jefe del Tercer Reich no se suicidó en Berlín, sino que pudo escapar en secreto a Sudamérica y vivir -junto a su mujer y posiblemente su hija Uschi- varios años en el exilio.
En 1952, el presidente norteamericano Eisenhower dijo que Hitler podría haber escapado y -en el otro extremo del arco político internacional- el jefe soviético Joseph Stalin, hasta que murió en 1953, sostuvo que Hitler había huído «a España o a Argentina». Y el estado alemán recién lo declaró muerto en 1956 en «presunción de fallecimiento», sin pruebas de su suicidio, luego de más de diez años de su supuesta muerte en el búnker de Berlín. Con esa formalidad, decretar la muerte del jefe nazi -lo que implica que legalmente Hitler estuvo vivo por lo menos entre 1945 y 1956- se cerró el caso para los alemanes.
Pero no fue así para los servicios de inteligencia, como la CIA -vimos antes dos documentos sobre el Führer en Colombia- o para el FBI, según lo demuestra el Archivo Nº 65-53615, referido a Adolf Hitler de este último organismo norteamericano mencionado.
El FBI siguió procesando información referida al jefe nazi hasta principios de los años setenta, cuando parece haber sido «cerrado el caso», circunstancia que podría indicar que eso ocurrió cuando se produjo el deceso verdadero de Hitler, tema del que nos ocuparemos ahora.
¿Cuando murió Hitler? Esta es la gran pregunta para cerrar la historia de su vida en el exilio. Busquemos algunos indicios. No parece haber informes de los años setenta que hablen de un Hitler vivo, contrariamente a los años anteriores, tal como vimos en las páginas precedentes. Esto es solamente un dato a tener en cuenta. No habiendo documentación desclasificada sobre su muerte, un gran secreto que guardan las potencias bajo siete vueltas de llave, la posibilidad de investigar se limita a testigos o pruebas circunstanciales.
El capitán Monasterio, en su libro «Hitler murió en la Argentina» asegura haber accedido a un informe de un tal doctor Lehmann, quien habría atendido a Hitler en sus últimas horas de vida. En esos escritos se afirma que el jefe nazi padecía síntomas de demencia senil y que falleció, afectado de una hemiplejía, el 13 de febrero de 1962, en una estancia donde se encontraba viviendo, en el sur argentino.
Tal como vimos en el capítulo IX, Monasterio asegura haber conocido a un guardaespaldas de Hitler, quien le habría contado que cuidó al Führer en Argentna. Con los pocos datos que le aportó ese hombre, Monasterio escribió su libro, al tener la plena certeza, merced al del relato del guardaespaldas, de que Hitler había vivido en el país. Pero el mismo Monasterio admitió, durante los encuentros personales que mantuve con él, que se trata de una novela, con lo cual los datos que se aporta no pueden ser tomados como reales.
Ceremonia funeraria
Una información extraoficial sobre el fin de la vida del líder alemán -no he accedido a documentos oficiales que acrediten la muerte de Hitler y el destino de sus restos-, proviene del testimonio de un ex militar brasilero de nombre Fernando Nogueira de Araújo.
El descubrimiento de este testigo inédito -cuyas declaraciones fueron filmadas- pertenece al periodista brasilero Marcelo Netto a quien conocí personalmente hace unos años y con quien mantengo un intercambio de información relacionada al caso Hitler.
Araújo estuvo vinculado a los nazis que vivieron en Brasil, manteniendo una relación de gran amistad con Haroldo Ernest, presuntamente hijo de un nazi importante, quien disponía de información relacionada al paso de Hitler por Brasil.
En ese sentido, y de acuerdo al relato de Araújo -abonado por información suministradas por Ernest y otros ancianos alemanes que conoció- Hitler frecuentó una importante colonia alemana, donde vivían nazis escapados de Europa, ubicada en el sur de Brasil. Inclusive el Führer, durante su exilio en Sudamérica, habría estado viviendo por algún tiempo en ese lugar.
En los años cincuenta, Kubistchek, candidato a presidente, al parecer por presión de determinados sectores de poder, en secreto, intimó a los nazis de esa colonia a abandonarla. Kubistchek además dejó en claro que en caso de que él ganara las elecciones -que se realizarían el 3 de octubre 1955- los jerarcas nazis que estaban refugiados en el país, debían emigar antes de su toma de posesión como Presidente prevista para el 31 de enero de 1956.
En caso contrario se accionaría ante las Naciones Unidas para denunciar a aquellos nazis que estaban siendo buscados por la justicia internacional.
Como consecuencia de esa amenaza, que se realizó en forma reservada y que no trascendió públicamente, unos cuatrocientos nazis partieron hacia Paraguay, mientras que otros doscientos se mudaron a un barrio de San Pablo, Brasil, donde se había acordado que ellos trabajarían en las empresas Bayer y Mercedes Benz.
Fernando, gracias a los vínculos que había establecido a partir de Harold, estrechó su relación con los alemanes nacionalsocialistas y en 1967 conoció a un nazi austríaco llamado Hugo. En 1967, Hugo invitó a Fernando a una de las celebraciones que -como en distintas partes del mundo- se realizaban (y se realizan) los 20 de abril de cada año, en conmemoración al cumpleaños de Hitler. Debe decirse que de esta celebración del cumpleaños no participó Hitler en persona.
La ceremonia de la que participó Fernando -que le permitió profundizar sus relaciones con los nazis- fue en 1967, en un sitio de Itatiaia, Río de Janeiro, y estuvo organizada por el criminal de guerra Franz «Gustl» Wagner. Este último fue suboficial SS del campo de extermino de Sobibor, en Polonia, donde murieron miles de persona.
Al terminar la guerra, Wagner escapó a Brasil, junto a su jefe, Franz Stangl, comandante de Sobibor, quien allí trabajó en la empresa Volkswagen de San Pablo. Así que Fernando se movía en círculos muy nazis de los cuales, por determinadas circunstancias y por la confianza que se había ganado entre ellos, varios años después obtendría la información de la fecha de la verdadera muerte de Hitler: el 5 de febrero de 1971.
El búnker funerario
No sabemos donde fue enterrado inicialmente el Führer, pero dos años después que muriera su cadáver fue trasladado a un lugar especialmente preparado que todavía existe en Paraguay.
Según el relato de Fernando, con una ceremonia especial, como no podía ser de otro modo, la osamenta de Hitler fue llevada a una cripta, ubicada en el sitio más profundo de un gran búnker subterráneo construido por los nazis. Respecto a esas instalaciones, se obviará por ahora decir el lugar exacto donde se encuentran. Un sitio que, en circunstancias excepcionales, el mismo Fernando pudo conocer, o sea que estuvo presente donde fueron depositados los restos mortales del ex canciller alemán.
Al respecto, y de acuerdo al relato de este testigo, él pudo asistir a una ceremonia que se hizo casi dos años después de la muerte del Führer, en enero de 1973, cuando se decidió realizar el cierre de dicha cripta. En ese sentido, Fernando cuenta que fue el único representante brasileño invitado a participar de ese evento increíble al que habrían asistido cerca de cuarenta personas seleccionadas, en su mayoría ancianos que habían conocido a Hitler. Fernando dijo que la invitación le llegó de su amigo Harold Ernest -recordemos que el padre de este hombre sería un jerarca nazi- un mes antes, en diciembre de 1972, lo que revelaría la anticipación con que fue organizada la ceremonia.
Fernando partió hacia el lugar indicado -tenía todos los gastos pagos, incluyendo pasajes- con su esposa, aunque ella, luego, no pudo asistir, ya que se prohibió el acceso al ceremonia a las mujeres, excepto a dos enfermeras que cuidaban de sus pacientes, ancianas nazis quienes estaban allí a pesar del delicado estado de salud que padecían.
Ya en el lugar, acreditadas sus identidades, fueron reunidos los cerca de cuarenta invitados -tal como se dijo Fernando era el único brasilero- y ellos descendieron, en un ascensor, hasta los niveles más bajos del búnker. Allí había una puerta con una escalera que llevaba a una cripta, donde estaba ubicado el féretro de Hitler. Cuando todo el grupo estuvo reunido, se anunció que se procedería al cierre de la entrada a la cripta, y una de las personas que se encontraban presente tomó un balde con cemento y una cuchara de albañil. Entonces comenzó a pegar ladrillos para cerrar la estrecha entrada a la cripta del Führer, construyendo una pared que bloqueó el acceso al ataúd que guarda los despojos mortales de Hitler. Tras realizarse ese trabajo, con los honores de rigor, concluyó la ceremonia y los invitados ascendieron.
Debe destacarse que la entrada a dicho refugio subterráneo antes estaba dentro de una antigua construcción de madera, un antiguo club alemán. Luego, la misma fue demolida y se construyó un moderno y exclusivo hotel. O sea que para llegar al búnker, primero se debe ingresar a ese edificio privado que resguarda, hasta hoy, la entrada camuflada del búnker.
La primera semana de febrero de cada año -el aniversario de la muerte del líder nazi es el 5 de febrero-, el establecimiento hotelero de referencia se encuentra bloqueado a turistas ya que sus plazas son reservadas, con mucha anterioridad, por un grupo exclusivo que honra allí, hasta ahora, a su líder indiscutido: Adolf Hitler, el hombre que les cambió la vida a ellos, y a todo el mundo, para siempre. UH

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